Por Guillermo Saccomanno
Cabe preguntarse, en este momento de dolor, cuánto le debe la última literatura nacional a la crisis de 2001 y al gobierno de Néstor y Cristina Kirchner. La salida de la convertibilidad significó, aunque parezca una hipótesis poco seria para la teoría literaria ortodoxa, un ingreso tan abrupto como saludable de la realidad. Pero, ¿cómo se le entró a la realidad, desde qué antecedentes?
En principio, la recuperación de las búsquedas estéticas y políticas de Walsh y Puig (María Moreno escribió con lucidez de la coincidencia de estas dos marcas por lo general clasificadas por una crítica torpe como estrategias narrativas contrarias, cuando fueron en verdad complementarias). Tanto para Walsh como para Puig de lo que se trataba era de darles voz a quienes no la tienen, o mejor dicho, de que aquellos cuya voz era silenciada, pudieran expresarla. Se trataba, como para Néstor Kirchner, en ambos casos, Walsh y Puig, de escuchar al otro. No es casual, me digo, que en los últimos diez años a la literatura nacional le fuera inevitable, con excepciones, rehuir lo político. Hemos leído novelas que critican los ’70 y, desde la perspectiva cómoda de los niños ricos con tristeza, consideran la militancia de sus antecesores como una aventura pequeñoburguesa. De acuerdo, hubo de eso en los ’70. Pero hubo también la lucha popular por una sociedad más justa. En este tiempo donde algunos escritores de ficción prefieren mirar despectivamente los ’70 o mirar hacia otro lado, surgieron relatos que parecen haber puesto la realidad de moda. Surgieron ficciones y crónicas, escrituras que datan la inmediata contemporaneidad y las contradicciones de lo real, en un gesto que remite a una subterránea y no tanto preocupación setentista por la denuncia.
También de un discurso que no habría sido legitimado de no haber existido un gobierno setentista que lo habilitara al poner la cuestión de los derechos humanos como cuestión de Estado (sin contar una infinidad de logros sociales impensados diez años atrás). Aquellos escritores que se encendieron con su dandismo durante la primavera alfonsinista y gozaron de sus privilegios, se sentirán tocados por este planteo. Aquí, ahora, la literatura parece disparar hacia otra parte. Cero juvenilismo el de estos nuevos autores, más bien cuestión de conciencia, conciencia política no necesariamente explícita. Conciencia de que si la literatura se aparta de la realidad, se aparta de su razón de ser. ¿Por qué escribo? ¿Quién quiero que me lea? ¿Qué modelo de lector apunto a construir? ¿Qué modelo de sociedad pretendo? Preguntas similares se formulaba con respecto a la educación Paulo Freire, el de Pedagogía del oprimido. Preguntas que ningún escritor debería eludir. No estoy proponiendo el realismo como paradigma. Estoy simplemente esbozando una intuición.
Que la literatura, con su cuestionamiento del poder y sus engranajes, haya recuperado potencia en estos últimos diez años, no es casual. Nada casual. Como chicotazo digresivo y rizoma, se me ocurre: no es casual que el fenómeno se produjera bajo el gobierno de una pareja militante cuya gestión haya sido denominada con la letra con la que Kafka hegemonizó un lugar trascendente de crítica al poder: K.
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