sábado, 26 de noviembre de 2011

La Lealtad montonera (IV) . Los maoístas pacifistas están hervidos


Acerca de la irrelevancia del pacifismo de los ex montoneros leales a Perón


Hace tiempo, la revista Lucha armada publicó un artículo de Alejandro Peyrou sobre la escisión de  Montoneros de los " leales a Perón" y esa nota fue continuada aqui por otra de Teodoro Boot , Ahora escribe el compañero Dardo Castro, quien fue editor de la revista Los 70 ("Política, Cultura y Sociedad en los 70") y antes miembro de la Organización Comunista Poder Obrero (OCPO), que a diferencia de Montoneros puso el acento de su actividad en las Coordinadoras Obreras antiburocráticas e intentó, en la medida de sus escasas posibilidades, conjurar el Golpe de Estado.  Mi comentario, al final.

Una izquierda gramsciana y nacional. Dardo Castro (en el medio) hablando en un acto de reivindicación de los caídos de OCPO y sus Brigadas Rojas.

Me siento casi como un intruso en esta polémica, sobre todo en lo que se refiere al conflicto de Montoneros, Lealtad, Perón y el peronismo. De todos modos, me asombra un poco que los análisis no incorporen la lucha de masas como un factor determinante en la situación política del momento, que había cambiado sustancialmente con relación a la etapa de la lucha antidictatorial. Por eso la comparación de Cooke y Rearte con Montoneros me parece extrapolada de los respectivos contextos. El país de Perón en Puerta de Hierro y el país de Perón retando a Montoneros por imberbes ya no era el mismo a causa de la larga confrontación obrera y popular que se abrió con la Resistencia Peronista –a cuyo impulso nacieron  los cuerpos de delegados y las comisiones internas en fábrica que radicalizaron la lucha por el salario y las condiciones de trabajo--, desembocó después en el Cordobazo y se prolongó en las tomas de fábrica con rehenes en los “70, hasta culminar en las Mesas de Gremios en Lucha en el ‘75, el punto organizativo y político más alto alcanzado jamás por el movimiento obrero argentino, ya en la antesala de la dictadura.

En ese proceso, el movimiento popular había cambiado sustancialmente, y Montoneros no podía ser ajeno a los términos de unidad que se gestaban desde abajo, desde la lucha concreta en las fábricas y en las calles. A diferencia de las FAP, Peronismo de Base, Comando Sabino Navarro, MRP, FRP y otras organizaciones de esa franja, Montoneros, absorbido por sus peleas superestructurales, no incorporaba esas luchas de base en su estrategia política, hasta el punto de que no tuvo una participación significativa en ninguna de ellas.

De hecho, el acercamiento a dirigentes sindicales que protagonizaron el Cordobazo, como Atilio López, es posterior al levantamiento, y de todos modos no logró reclutar (quizás ni se lo propuso) a ningún dirigente importante de las gestas antidictatoriales y antiburocráticas de los sindicatos de Fiat Sitrac y Sitram, Luz y Fuerza y el Smata, de Córdoba, ni de la UOM de Villa Constitución ni de la UOCRA del Chocón ni de los gremios azucareros de Tucumán, etc., etc. No así las organizaciones peronistas “de base”, que sí tuvieron un rol protagónico junto con la nueva izquierda.

Hacia 1972 todas las organizaciones armadas estaban al borde del colapso. Todas, peronistas y no peronistas. La clase obrera se había replegado, la mayor parte de los cuadros de dirección hacía flexiones en Trelew y otras prisiones y, en medio del reflujo, la propaganda armada por sí sola no servía como método de acumulación, lo que desnudaba las limitaciones del militarismo de Montoneros y del PRT. Pero la apertura del 73 y el enorme triunfo electoral del peronismo pusieron en segundo plano esas falencias, y Montoneros emergió con una poderosa capacidad de organización y movilización, absorbiendo de manera acelerada a prácticamente el conjunto del peronismo combativo.

Pero ese proceso no alcanzó una síntesis ni, mucho menos, anuló las contradicciones entre los grupos que confluyeron sino que las postergó por poco tiempo. Y el fracaso de Perón para “pacificar” el país, su compromiso fundamental con, principalmente, los grandes grupos de poder y de presión, chocaba de lleno con lo inviable de una gobernabilidad que no empezara por desmovilizar a la clase obrera, lo que sólo podía lograrse con la represión y el descabezamiento de lo que Balbín bautizó más tarde, ya en tiempos de Isabel, como “la guerrilla fabril”, una denominación que pretendía reducirlo todo a un grupo de militantes sindicales vinculados a las organizaciones armadas.

Más allá del carácter burocrático y estalinista de la cúpula que encabezaba Firmenich, en esa época un número importante de sus cuadros de superficie habían comenzado a participar activamente en las luchas obreras junto a la izquierda revolucionaria, ya sea de origen peronista o marxista o ambas cosas (que también las había, qué tanto), una práctica que inevitablemente acarreaba contradicciones flagrantes con la conducción nacional. (De paso, debo decir que no conocí a ningún delegado o activista de Lealtad en ninguna fábrica ni sindicato, aunque supe que había uno que otro en la estructura gremial burocrática de los municipales y los empleados públicos). Así fue como la mayor representación en las Coordinadoras obreras de Córdoba, Buenos Aires, Capital y Rosario la tenían la Montoneros, la OCPO y el PRT, aunque éstos últimos, ya en la última fase, menguaron su fuerza al sacar activistas y dirigentes obreros para mandarlos a la Compañía de Monte. 

Tengo el persistente recuerdo de compañeros entrañables de Montoneros, militantes de base y dirigentes, como Iván Roqué, Mendizábal, los Molina de Santa Fe, el negro Juárez de la JTP y tantos otros, con quienes compartimos celdas y pabellones, asambleas y debates, algunos de los cuales me preguntaban asombrados porqué nosotros, los de OCPO, no éramos peronistas, ya que a diferencia del resto de la izquierda compartíamos con ellos la famosa categoría política de frente de masas.

Para OCPO, el frente de masas era un concepto fundante y lo concebíamos como la  configuración de un movimiento, a la vez espontáneo y orgánico, en el que confluyen diversos sectores populares, cuyo método de lucha es predominantemente la acción directa y cuyo programa expresa reivindicaciones de vida y de trabajo consideradas irrenunciables. El frente de masas es siempre inestable y contradictorio, ya que conviven en él sectores cuyos objetivos tienden a divergir o incluso tornarse antagónicos cuando se modifican o desaparecen las condiciones que dieron lugar a su configuración.

Como peronistas, los compañeros montos entendían esto perfectamente y de una manera concreta, pragmática, aunque no hubieran leído una letra de Gramsci. Otra cosa era cómo lo aplicaban y resolvían en su particular puja de poder al interior del peronismo. A lo que voy es que la inserción de Montoneros en los conflictos de base radicalizaba su militancia y abría contradicciones que su conducción no estaba en condiciones de resolver, aunque intentó hacerlo de manera burocrática y hasta castrense, por ejemplo en el caso de la famosa columna Norte. Pero estaba claro que cerrar filas con Perón y aceptar la verticalidad, como lo plantea crudamente la carta de Lealtad que ahora se vuelve a publicar (¡comparándola con la de Rodolfo Walsh!!), era entregar a la avanzada obrera a la represión y a la muerte. Como sucedía en el resto de los  países dependientes y semicoloniales del Tercer Mundo, la cuestión nacional ya no podía resolverse al margen de la cuestión social. El destino de Montoneros, el nuestro y el de todos los combatientes y no combatientes que luchaban por un proyecto de poder popular autónomo, ya estaba jugado de todos modos, como quedó demostrado con la llegada de la dictadura, pero ese desenlace no devino de enfrentar a Perón. A lo sumo, hacer lo que proponía Lealtad era estar, por acción u omisión, del lado de Lorenzo Miguel, López Rega, CNU y demás, despejando el terreno para la llegada de la represión sistemática y planificada de la dictadura.

Si las organizaciones revolucionarias --o que se pretendían tales-- debieron replegarse, abandonar el militarismo, irse a México y España u otra cosa, es otro debate, del que no tengo ninguna respuesta que no sea una desdichada conciencia de que hay situaciones históricas en las que, llegado cierto punto, no hay salidas acertadas. Es lo que muestra André Malraux en una de las escenas finales de La condición humana, cuando los maoístas que habían entregado las armas al general nacionalista Chiang Kai Shek eran metidos, uno por uno, en la caldera hirviente de una locomotora. En estos días, mirando las caras de Astiz y Acosta sentados en el tribunal el día de las sentencias a cadena perpetua, he vuelto a pensar en eso obsesivamente y sin consuelo.

Finalmente, el argumento contrafáctico de que Lealtad salvó compañeros (¡y hasta que lo salvó a Kirchner¡) es de una simplicidad en la que no incurriría ni el más bisoño estudiante de historia. Eso mismo decían los fundadores de la Coordinadora radical cuando los entrevistamos para la revista Los ’70, como también  en su momento Altamira y el resto del troscaje para defender su pacifismo irrevelante.

Yo no me fui con la Lealtad, me fui hacia la OCPO. Lo hice, sintéticamente, porque estaba indignado con Perón por lo de Ezeiza, y porque la OCPO no aprobaba la GPP, que juzgaba equivocada, y porque subordinaba la lucha armada al desarrollo de las Coordinadoras Obreras y se oponía activamente al golpe en ciernes, proponiendo que el Gobierno convocara a una asamblea constituyente, es decir, proponiendo una salida democrática.
Eso fue en 1976. Antes, en 1974, hice la colimba. Pasé el invierno y la primavera de ese año mandándole largos escritos criticos a los responsables de Sur Capital de los Montos. Aprovechando que había criticado que llamaran a la Presidenta "Isabel Martínez" (privándola del apellido Perón, siendo como era que Perón no sólo la había elegido, sino que nos la había dejado de presente griego, y que los Montos no querían criticar a Perón en público), dichos montos echaron a rodar la bola de que yo era de La Lealtad, de cuyos miembros me consideraba en las antípodas. Sin embargo la conducción de Sur Capital de los Montos me difamaba a fines de 1974 diciendo urbi et orbe que yo era un quintacolumnista, un leal que váyase a saber por qué, no me había ido con los demás. Pasaron muchos años antes de que comprendiera que mi mirada era muy parecida a la de muchos "leales" como Horacio González y mi gran amigo  Teodoro Boot, algo que estaba velado por mi rencor peronista con Perón. Estoy de acuerdo con Dardo en que los leales no le prestaban la debida atención al fenómeno de las Coordinadoras, que desvelaban a los Balbin y Martínez de Hoz, pero no lo estoy en absoluto cuando se pregunta retóricamente si la propuesta pacifista de la Lealtad  implicaba algo más que permanecer en el mismo bando que López Rega, Lorenzo Miguel y la CNU. Me parece una chicana porque la alianza entre López Rega y  Lorenzo Miguel iba a saltar por los aires, y la chispa iba a ser el asesinato, por parte de los guardaespaldas de Miguel, de un pistolero de la CNU. Seguramente los leales apostaban por llegar a una tregua, a un pacto con Miguel,  pero eso también lo pretendían algunos jefes de quienes permanecían en montoneros. Y no creo que hubiera un solo leal que quisiera aliarse con la CNU.  

6 comentarios:

  1. Ta, en general estoy de acuerdo, aunque esta lectura si no se hace desde la critica al militarismo desconoce la realidad.

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  2. Bastante de acuerdo,solo que _ en la compania de monte nunca hubo mas de cien personas. Operativas nunca mas de 50 o 60. Cuadros sindicales, casi ninguno, el problema en general de la lucha legal sindical reivindicativa, fue la clandestinidad, sobre todo cuando la triple A empezó a perseguir delegados ligados al FAS o al movimiento sindical de Base.
    La "critica al militarismo",que se exige en el caso Prt,está siempre ligada a la carta a Campora, y es la condena a la violencia,no por la dimensión sino por la propia discusión no resuelta, y siempre desde una mirada burguesa supuestamente imparcial... y sin criterio ideológico.. en uruguay está pasando algo parecido. .Muy buena la referencia a Andre Malraux.

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  3. http://elpolvorin.over-blog.es/article-uruguay---carta-de-un-uruguayo-a-la-rectora-de-la-universidad-de-lanus-con-motivo-del-galardon-entre-89099691.html

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  4. Juan, hay un error, yo no nunca fui editor de la revista Lucha Armada sino de "Política, Cultura y Sociedad en los 70" (más conocida como "Los '70"), de la que salieron 12 números.Los editores de Lucha Armada fueron Sergio Buffano y Gabriel Rot, que se fue, Buffano sigue pero ya se arrepintió hasta de haberse distraído cuando sus papás lo llevaban a misa.

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  5. La Lealtad Montonera y la experiencia setentista: Ni tanto ni tan poco (I)
    Con el mismo origen y responsabilidades parecidas a Dardo, comparto también buena parte de su respuesta, sobre todo su historizacion pre-´70s.
    Sin embargo, como bien dice Dardo, nuestra concepción era que la organización política era una función del proceso popular. Dicho de otro modo, sin propuesta de inclusión en la cosa pública para el pueblo no hay razón política ni organización que se vea justificada.
    En este marco, hay un momento que define, por la forma en que se resuelve, buena parte de la historia posterior. Dardo dice: “Hacia 1972 todas las organizaciones armadas estaban al borde del colapso” y a posteriori deduce que fueron la apertura democrática y el triunfo del peronismo los que pusieron en segundo plano esas falencias, y Montoneros emergió con una poderosa capacidad de organización y movilización, absorbiendo de manera acelerada a prácticamente el conjunto del peronismo combativo”
    Pero no todos estábamos colapsados en 1972 y el proceso electoral y triunfo del peronismo no fueron fenómenos naturales ni espontáneos. Tuvieron dos razones de ser: 1- la comprensión de Perón de que la dictadura están en franca retirada y su retorno a la presidencia del país era cuestión de meses, 2- El “luche y vuelve” que no sólo fue la consigna política más eficaz de nuestra historia, sino también el ingreso real de quienes la produjeron, Montoneros, una de las organizaciones “político militares”, a la lucha por la organización y conducción política del pueblo.
    Por esto montoneros emerge de manera diferente al resto de las organizaciones peronistas y no peronistas: porque mientras casi todo el peronismo combativo y de izquierda no montonero tomó las elecciones y la campaña electoral como una cuestión secundaria, Montoneros hizo de ambas el punto de unidad y el eje de organización de todos sus frentes de masas, JP, JUP, JTP, MVP, Ligas Agrarias, etc. Puede ser que en alguno de los distritos fundamentales de la resistencia a la dictadura, por caso Córdoba, este proceso no haya tenido la magnitud que adquirió en otros, pero bastaba con ver el proceso que se desarrollaba en el cordón Capital- conurbano, Santa Fe-Gran Rosario, Tucumán, Misiones y la mayoría del pueblo y las geografías argentinas, para entender que la democracia que nacía estaba, del lado del pueblo, indisolublemente ligada a la forma en que cursara la relación entre la conducción general del proceso – Perón- y quienes expresaba de manera más contundente la vocación de poder de la mayoría de la militancia, tanto la nacida en la lucha antidictatorial como la que se congregaba en el proceso democrático.
    Se puede adelantar que es altamente probable que –hiciéramos lo que hiciéramos- igual se hubiera producido un golpe tan sangriento y exitoso en aras de retomar el objetivo granbugués de eliminar el protagonismo popular y el Estado protector peronista de la faz de estas tierras. Pero no por eso se puede dejar de lado que la difícil relación entre los actores protagónicos del 73/74, Perón y Montoneros, debilitó la unidad del pueblo, su capacidad para resistir desde la política y las instituciones democráticas con el mismo tesón que se resistía en fábricas y el territorio el avance de la derecha. La dificultad de Perón para comprender e incluir a la nueva militancia y sus referencias, la dificultad de Montoneros para comprender que Perón era el único que podía intentar la unidad de todos los sectores interesados en la democracia frente a la nueva ofensiva antipopular que se desplegaba en el mundo, particularmente el Cono Sur donde las dictaduras nos terminaron de rodear tras la caída de Allende en 1973. En pocas palabras: el “luche y vuelve” revirtió la correlación de fuerzas entre dictadura y democracia, entre peronismo y antiperonismo, pero el eje del “luche y vuelve” no era la insurrección ni el socialismo, sino el regreso y la presidencia de Perón con un pueblo movilizado.
    (SIGUE EN II)

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  6. La Lealtad Montonera y la experiencia setentista: Ni tanto ni tan poco (II)
    En este marco, Ezeiza no sólo debilitó al pueblo, a las organizaciones populares, a Montoneros, también a Perón en tanto líder de un proceso político que entraba en crisis, con el pueblo dividido, mil dificultades para una inclusión económica soberana de Argentina en el mundo y con los militares a la espera del momento para dar el golpe.
    No era fácil encontrar el camino en este marco de contradicciones que sobre todo se jugaban en las relaciones entre millones de argentinos antes que en debates políticos más o menos fundados. Por eso el camino no podía ser el que nos aislara de la militancia que, con todo, seguía creciendo en número en el movimiento obrero, los productores campesinos y en la juventud. Y esa militancia, nos guste o no, ingresaba mayoritariamente a los espacios de la Tendencia, a pesar de errores casi suicidas, como el pase a la clandestinidad o el intento de Formosa.
    Entiendo la argumentación de “Pájaro” sobre la “Lealtad”, pero en este marco que planteo la propuesta más simplista y más aislacionista es la de la Lealtad y no la de Montoneros. Si en un proceso de pasaje a la defensiva lo más masivo y parte de lo más formado de la militancia y los dirigentes populares se alinean de un modo determinado, se puede dar la disputa en ese espacio si se pertenece a él, o proponerse políticas de unidad con ese espacio, como lo hicimos desde OCPO el 1º de mayo, con las coordinadoras o con el Partido Auténtico (1). Lo que no se puede hacer sin irse de la política es abrirse de ese espacio político, promover su aislamiento, tratar de crecer acusándolo de sus errores propios y todos los ajenos. Y eso es, en el mejor de los casos, lo que hizo la Lealtad como tendencia política, más allá de la mejor o peor voluntad de cada integrante de ella.
    No es casual que, muerto Perón y consolidadas las derechas en los dos partidos mayoritarios, con una única alternativa viable al golpe, la salida electoral, Montoneros, promueva el Partido Auténtico, la única herramienta en condiciones de alcanzar masividad y terciar en las elecciones.
    ¿Por qué entonces me quedé en OCPO? 1- porque parte de la comprensión de aquel proceso, me llevó décadas de revisarlo. 2- porque estábamos consolidando un espacio militante de izquierda no gorila, surgido de la militancia y la dirigencia de conflictos obreros y populares y porque entendía que éramos necesarios para confrontar con algunos errores de Montoneros como el pase a la clandestinidad o buena parte de la acción militar. Una franja de los sectores más avanzados de la clase obrera y el pueblo y de su dirigencia fue devastada durante la dictadura, arrasada su cultura de rebeldía y sus símbolos. Con esa destrucción se minaron las bases de sustentación de aquellas organizaciones. Sin embargo, en los rasgos que fue asumiendo la resistencia a la dictadura, a la resignación y a la conversión neoliberal, en la forma que fueron resolviéndose algunas contradicciones en el peronismo con el advenimiento kirchnerista desde el 2003 resurgen voces de aquella militancia.
    Algunos intentos de saldar en favor propio aquella experiencia son una parte, distorsionada por el eco, de aquellas voces.

    Mario Burgos
    1- Incluso, Dardo, te consta que todos los compañeros sobrevivientes de la regional Capital y Gran Bs. As. que hemos participado de la polémica sobre la segunda vuelta, seguimos revindicando el voto a Perón – Perón, como única salida posible de la crisis abierta en Ezeiza.

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