lunes, 5 de diciembre de 2011

Caparrós contra Pacho O'Donnell


Publicado en blogs.elpais.com (blog internacional)

La pelea por la historia

Por: Martín Caparrós | 02 de diciembre de 2011

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Ahora la pelea es por la historia.
 
Era lógico y era de esperar. La historia siempre fue un campo de pelea de las ideas: lo que se cuenta sobre tal o cual período pasado es, entre otras cosas, un efecto de lo que ese narrador –o historiador o cronista o académico– piensa sobre el presente donde vive. Y, en la Argentina, un poco más.
 
Yo decidí estudiar historia porque cuando tenía 15 años y era un joven militante hacíamos "grupos de estudio" de historia argentina para convencer a otros muchachos –y casi todos decidían militar bastante antes de llegar al siglo XX. La historia era un instrumento de comprensión y de agitación, de discusión política: tomar posición en el pasado era una toma de posición en el presente y el futuro; siempre lo fue.
 
Aunque años después, ya exiliado en París, cuando empecé a estudiar historia en la universidad, entendí que había grados, y que los argentinos poníamos la historia en el presente con una fuerza que otros no. Más de una vez traté de explicárselo a mis compañeros locales: acá, les decía, hay gente que reivindica la tradición jacobina, pero es difícil pensar que saldrían a la calle gritando Robespierre-Jaurès-Mitterrand, un suponer –como argentinos sí gritaban San Martín-Rosas-Perón. Pero, aún así, estaba claro que, si académicos perfectamente calificados decidían estudiar el papel de la mujer en la Edad Media o la esclavitud en la democracia griega, no era por un azar celeste: era –obvio– porque su sociedad y sus ideas reclamaban ese tipo de temas.
 
Lo mismo en todas partes. Aquí la historia estaba tan inscripta en la política que una de las formas de deshacer la política que encontró el peronista Carlos Menem fue neutralizar la historia: con aquella emisión de billetes donde convivían Rosas y Sarmiento, por ejemplo, quiso decir que todo se había disuelto en el mismo barro del mercado. Le fue bien: en medio de privatizaciones y televisores baratos y la irrupción de Tinelli y el doctor O'Donnell secretario de Cultura casi nadie hablaba del pasado.
 
Pero desde 2001 la historia volvió al escenario público, y se hizo nuevamente muy política. Por eso no me sorprende que ahora el gobierno peronista, tan preocupado por su manejo del relato, haya creado un "Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego" para difundir sus ideas al respecto.
 
Aunque lo hizo con la torpeza habitual. Se supone que el fin de una institución de conocimiento es conocer; este Instituto, dice el decreto, en cambio, se constituye para "reivindicar a todas y todos los que defendieron el ideario nacional y popular ante el embate liberal y extranjerizante de quienes han sido, desde el principio de nuestra historia, sus adversarios, y que, en pro de sus intereses han pretendido oscurecerlos y relegarlos de la memoria colectiva del pueblo argentino". O sea: no para tratar de saber sino para difundir lo que creen de antemano.
 
Lo cual produjo airadas reacciones entre los historiadores "profesionales". Luis Alberto Romero escribió en La Nación que "el Estado argentino se propone reemplazar la ciencia histórica por la epopeya y el mito". Y La Nación misma –el diario fundado hace siglo y medio por el padre de la historia "liberal y extranjerizante", Bartolomé Mitre– dijo en un editorial que "lo que se busca desde el Poder Ejecutivo Nacional es falsear los hechos del pasado para servir al discurso oficial (…), una historia sesgada y falsa que a la postre no servirá ni al propio gobierno, pues la ciudadanía sabe cuándo se la quiere engañar". A lo cual un miembro del nuevo Instituto, Hernán Brienza, les contestó elegante que (Romero y Sarlo) "son como musculosos patovicas culturales que fiscalizan que no se les llene de negros el zaguán de la Historia y la Literatura".
 
Son dos peleas simultáneas: por un lado, la de distintos sectores políticos por dictar lo que se dice del pasado como modo de dictar lo que se dice del presente. El relato histórico tradicional, que hace hincapié en la fuerza "civilizatoria" de quienes crearon la República burguesa a golpes de sable, se bate contra el relato histórico oficialista, que exalta lo "nacional y popular" a menudo representado por jefes militares y patrones de estancia: contra la frialdad de la explotación liberal, el paternalismo de la explotación populista.
 
Y, al mismo tiempo, sigue la pelea ya habitual sobre quién y cómo escribe los relatos –en este caso históricos. La polémica sobre periodismo profesional y periodismo militante se reproduce ahora, casi calcada, en el campo de la historia. Y aquí también los "profesionales" exageran su supuesta neutralidad cuando eligen qué cuentan y cómo lo cuentan, y se atrincheran detrás de una disciplina –"una ciencia"– que estaría por encima de sus ideas del mundo. Y los "militantes" despliegan su obcecación para imponer sus relatos sin discusiones ni intercambios, sin el menor lugar para la duda. Unos pretenden que sólo saben que no saben nada y sobrevuelan ligeramente angélicos, otros dicen que todo el que no dice lo que dicen ellos es la última basura: a repetir, que chocan los planetas.
 
Todo lo cual oscurece de algún modo la extraña torpeza del gobierno: nombrar al frente de su instituto al doctor Mario O'Donnell. ¿No se les ocurrió nada peor? ¿Era necesario que pusieran a dirigir un instituto de historia revisionista a alguien cuya historia no soporta la menor revisión?
 
¿A un señor conocido como el mayor oportunista de un país lleno de oportunistas, notorio por haber sido oficialista de cada uno de los gobiernos argentinos de los últimos 28 años, funcionario de todos, adulador público de Alfonsín, de Menem, de de la Rúa, de Duhalde, de Cristina Fernández?
¿No les habría resultado más fácil poner a alguien que no contradijera con sus actos sus palabras? ¿O incluso con sus palabras sus palabras? ¿O les da igual? Y, si así fuera, ¿no es cruel haber obligado a los demás integrantes del instituto, celosos defensores de la revisión histórica, a bajar la mirada cuando tienen que revisar, digamos, el neoliberalismo menemista delante de su director, uno de sus defensores más ardientes? ¿No es complicado, para esos señoras y señores, defender su busca de la "verdad histórica" si deben olvidarla frente a su propio jefe?
 
Aunque, de últimas, no pasa nada. Alguna vez, dentro de muchos años, un instituto de revisión histórica revisará este alarde de a mí qué me importa –y seguro que, entonces, muchos de sus miembros tendrán mucho que decir sobre el asunto.

3 comentarios:

  1. uufff, entre los " federales menemistas " y los unitarios mitristas uno no sabe para donde patear
    mucha ventosidad historica pòr alli

    http://poesiayramosgenerales.blogspot.com/

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  3. (reitero mi comentario pues mi "Yo" es bien burro al escribir, es decir escribó mal)

    Estoy sorprendido al leer el escrito respetable del lic. o dr. Cáparros, algunos de ellos, los que he leído, suelen ser acompañadas del "Yo..." o el "A mi no me cierra".

    Lo cual es un signo de que tener una posición pública mediática -habría que ver si hoy algo público no sea,hoy, mediático, si no lo, no lo será- esa posición le da una "autoridad" ante la que un vulgar ciudadano queda un tanto desprotegido.

    Dejemos de lado el "Yo" del Lic. Cáparros, solo recuerdo que cada uno de "nosotros" tenemos, nos guste o no, un "Yo".

    Eso del "Yo" aparece en su artículo, él considera que como un doctor, Mario O'Donnell, fue nombrado director de ese instituto, y dado el pasado y/o presente de ese doctor, entonces el gobierno metió la pata. Si fuera así ¿Cuál sería el inconveniente? Quizás nombrar adrede a un personaje polémico, es ya una forma de gestar un debate, a eso se le dice, generar la "agenda política". Al parecer el gobierno lo logró.

    Regresemos al "Yo" ¿Cómo sabe el "Yo" del lic o dr.Cáparros que los miembros de ese instituto bajar la mirada ante ciertos temas?

    El "Yo" del lic o Dr. Cáparros escribió "¿no es cruel haber obligado a los demás integrantes del instituto, celosos defensores de la revisión histórica, a bajar la mirada cuando tienen que revisar, digamos, el neoliberalismo menemista delante de su director, uno de sus defensores más ardientes? ¿No es complicado, para esos señoras y señores, defender su busca de la "verdad histórica" si deben olvidarla frente a su propio jefe?"

    Esa atribuición -bajar la cabeza u olvidar la verdad hist´rocia frente a su jefe- está atribución fue escrita por el "Yo" del lic o Dr. Cáparros.A veces, el "Yo" nuestro de cada día se guía por aquello de que "El león -como el ladrón- cree que todos son de su condición".

    Dejemos de lado eso pues ocurre algo más complicado y delicado. El Lic o Dr. Cáparros cultiva una planta muy extendida en Argentina y en América Látina: acusar a alguien X o Y de haber tenido una historia prevía y en consecuencia se convierte el pasado en una lápida que se tiene la "obligación" de cargar.

    Al Dr. Axel Kicilioff creo que Techint lo acusó por tener un "pasado marxista" o por "haber estudiado a Marx". Las posiciones de izquierda, las nacionales y populares e incluso el heteróclito campo del Kirchnerimos emplean ese método.Al ministro Amado Boudou se le recuerda su pasado cercano al economista Alsogaray.

    Convertir la portación de una historia previa o de portar un apellido en un delito ¿A qué nos conduce?¿Quién se salva?

    Entonces subra-"yo": la portación de apellidos y/o el delito de tener una historia previa, fueron el núcleo de las políticas culturales desplegadas por tres sistemas vía sus personajes más famosos: HItler -las leyes de Nuremberg-; Stalín -los juicios de Moscú- y Videla -el plan sistemático de apropiación de infantes era para impedir el contagio de ideas proveniente de sus padres y para eso, se incluía la portación de apellidos (a una beba- Claudía Anahí- la ficharon como "subversiva")

    Quizás el Instituto instala uno de los vértices para dialogar e interrogar sin tanto exceso del "Yo" temas, asi el Dr.Mario O'Donnell, dice , según sus estudios, que la campaña del Gral . Roca impidió perder el territorio de la Patagonia. Al respecto historiadores y estudiosos -académicos o no, con o sin beca nacional y/o extrnajera- darán a conocer otros documentos que interroguen esa afirmación.

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