| Gregorio Morán / La Vanguardia / Sin Permiso· · · · · |
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Bush, Blair y Aznar son más
susceptibles de un
tribunal de guerra que el honorable soldado Bradley Manning
Ahora que
se da tanto eso de las encuestas bien pagadas sobre qué opinión tiene
usted de
tal o cual cosa, que luego ya se encargan ellos de convertirla en una
herramienta muy útil para la institución que las subvenciona, propondría
un
reto. ¿Sabe usted quién fue Dreyfus, Alfred Dreyfus? ¿El “affaire
Dreyfus”?
Saldrían las cosas más inverosímiles.
Bradley
Manning cumplió 24 años el sábado pasado en Fort Meade, cerca de
Washington,
donde el día anterior se inició el consejo de guerra que le puede llevar
a la
pena capital o ala cadena perpetua. Curioso destino para un Sagitario.
Aseguran, quienes saben de eso, que suelen ser gente propensa a la
simpatía y a
la buena suerte. Nació en un pueblo de Oklahoma, Crescent City, que no
figura
en los mapas. De padre gringo, veterano de guerra en la Marina, y madre
británica.
Cosecha
del 87, carne de crisis a partir de la separación de sus padres,
errancia
doméstica y luego el aprendizaje de la vida; estudios sin interés,
descubrimiento de su homosexualidad, búsqueda de algo en lo que merezca
la pena
aposentarse. Talento natural hacia la informática. Era lo suyo.
El
ejército de Estados Unidos descubre en ese muchacho rarito que acaba de
apuntarse a los marines y que se manifiesta descaradamente gay, un
futuro
guerrero. Lo envían a Iraq, a la 10. ª División de Montaña, unidad
especialmente activa frente a la insurgencia iraquí y afgana.
La guerra
más alucinante con la que abrimos nuestro siglo XXI. Lo del soldado
Manning
eran los ordenadores; le ascienden y se ocupa de los secretos peor
guardados
del imperio. Por mucho que se quieran proteger de los hackers, los
misterios de
la informática sólo los puede salvaguardar otro hacker.
Tenía 21
años cuando fue destinado a Iraq y tarda apenas otro en descubrir esa
cosa
terrible, abrumadora, que consiste en sentirse ayudante del verdugo. Es
algo
que no está al alcance de todos, porque hay gente que puede hacerlo
durante
toda su vida adulta y no apreciar su singularidad. El valiente soldado
Manning
parece que lo pilló enseguida. Primero fueron las filmaciones de las
matanzas
de civiles en Iraq, luego esas evocaciones nazis filmadas por divertidos
torturadores en Abu Graib, y por fin, nuestra Lubianka contemporánea que
lleva
por nombre Guantánamo.
No cuesta imaginar aun soldado sensible ante la
impunidad criminal de sus superiores. Lo difícil es resolver la ecuación
vital;
por salvar el honor y la dignidad, destrozaré mi vida para siempre. ¿Y
si sólo
fuera la vida? Será la calumnia, la traición, la humillación pública, y
como
colofón, la difamación cotidiana a manos de los depositarios de la
verdad
histórica.
Cuando
detienen al soldado Bradley Manning a finales de mayo de 2010 ha
conseguido
pasar miles de informes secretos a la red Wikileaks para que se hagan
públicos.
Ahí está el condensado de una política de Estado en su carácter ruín,
desalmado, de bandoleros de lujo. Y sobre todo, impunes. Algunos de
nuestros
talentos locales, en la inopia de su frivolidad, hicieron el símil con
Anacleto, agente secreto; nunca pedirán perdón, son funcionarios, y los
funcionarios al uso se distinguen por su capacidad para no asumir
responsabilidades.
El Poder sin embargo lo tuvo muy claro desde el
primer
momento. Con la colaboración de un soplón, Adrian Lamo, al que el
incauto
Manning confesó su hazaña, empezó la caza, implacable.
Ni
siquiera los diarios más importantes de nuestro mundo occidental,
ilustrado y
liberal, pudieron soportar la presión del Departamento de Estado
norteamericano. Una cosa es la decadencia y otra conservar todavía el
poder
real sobre vidas y haciendas. La lectura de Gibbon y su imperio romano
en
descomposición exige una lectura lenta, nada espasmódica. Aún quedan
muchos
años para un cambio de ciclo real, y nadie puede garantizar que sea para
mejor.
El soldado Manning fue encarcelado en condiciones de la Inquisición,
como
ocurrió siempre, en la antigüedad y la modernidad, sea nazi, estaliniana
o
imperialista. Y como siempre, también empezó la demolición ética de los
protagonistas.
Julian Assange, el comunicador, se convirtió en un violador de suecas.
Violar
suecas es el límite del machismo occidental, reconozcámoslo nosotros,
españoles
criados en el subdesarrollo. La narrativa de esos coitos con condón o
sin
condón, voluntarios o involuntarios, se hará algún día un clásico de la
comedia
picante. Nunca dos polvos tuvieron tanta trascendencia histórica. Lo de
Homero
y La Iliada se reduciría a una cuestionable violencia de género.
Probablemente
ante la figura de Bradley Manning muchos volverán a repetir las
frivolidades
que se llegaron a decir de Alfred Dreyfus, un caballero burgués y judío,
tan
diferente de este Manning de la marginalidad. ¿Evitamos rememorar los
comentarios periodísticos de entonces, tan similares a estos de hoy
sobre la
conspiración, el intento de minar la civilización occidental, la ofensa
al
ejército más poderoso de la tierra, defensor de la libertad allí donde
se
encuentre? Manning fue encarcelado en la base de marines de Quantico
(Virginia)
en condiciones infrahumanas y allá pasó casi un año, durmiendo en
calzoncillos,
sin sábanas ni mantas, y con la luz encendida. ¿Les recuerda alguna
vieja
historia, hoy tan justamente denostada?
Probablemente
libre la vida, e incluso se le atenuará la cadena perpetua si asume
denunciar a
Julian Assange y le convierte en reo de la justicia norteamericana. Su
abogado,
David Codmas, empezó preguntando al tribunal militar: ¿dónde está el
daño?,
¿dónde el peligro? Y tenía razón, el daño y el peligro era el del poder
no el de
la ciudadanía. Ahora, al parecer, se debate a un nivel más bajo y se
plantean
si el soldado Manning era un travesti o sencillamente un discapacitado.
Lo
único que no cabe admitir ante un tribunal militar es que obró como un
soldado
consciente de su conciencia democrática.
La invasión de Iraq fue un
crimen que
hubiera debido llevar a los tribunales a aquel trío que la promovió y se
inventó las mentiras para la masacre. Bush, Blair y Aznar son más
susceptibles
de un tribunal de guerra que el honorable soldado Bradley Manning, que
acaba de
cumplir 24 años y al que nunca jamás le dejarán ser joven, valiente y
digno.
En una de
esas crónicas que hacen historia, Christophe Ayad, en Le Monde,
describía el
final del ejército de Estados Unidos en Iraq: “Se han ido como ladrones,
en
mitad de la noche, sin decir adiós y sin mirar atrás”. Así abandonaba el
18 de
diciembre, al alba, un centenar de vehículos y los últimos 500 soldados
de la
1. º división de caballería, el país que habían invadido en 2003, con el
alborozo de tantos, hoy taciturnos. Cruzaron el puesto fronterizo de
Kuwait y
cerraron, o creyeron cerrar, una página miserable de la historia de EE.
UU.
Dejan un país más destrozado, corrupto, dividido y sumido en la miseria,
del
que encontraron con Sadam Husein, su veterano aliado de antaño.
Y en esas
páginas de mierda y sangre que ellos escribieron, y cuya huella no se
borrará
en décadas, habrá al menos un capítulo digno, un apartado dedicado al
valor del
soldado Brandley Manning, de Oklahoma, que fue capaz de poner al
descubierto
esos fondos que jamás aparecen en los discursos. La verdad de una
guerra, los
motivos de una invasión, las razones para cubrir una mentira. Lo pagará a
un
precio que nosotros no seríamos capaces de asumir.
Hay
tiempos que alimentan la frivolidad como el rocío, el nuestro es uno de
ellos.
Y entonces ocurre como en otras épocas, que alguien se pregunta ¿para
qué tanta
muerte? Cien mil iraquíes y 4.500 norteamericanos. Y de seguro que en
Estados
Unidos, además de las viudas, los heridos -cerca de 40.000-, el hombre
que
habrá de llevar sobre sí el castigo que no cumplirán sus dirigentes será
el
Manning de Oklahoma, que se exhibirá como un traidor hasta que lo
rescate una
novela, un ensayo, una antigualla.
Gregorio Morán es un columnista
habitual en el diario barcelonés La Vanguardia. Veterano
resistente y
luchador político en el clandestino Partido Comunista de España bajo el
franquismo, Morán es un periodista de investigación que ha escrito,
entre
otros, libros imprescindibles para entender el proceso que llevó de la
dictadura franquista a la monarquía parlamentaria actual.
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lunes, 26 de diciembre de 2011
El valor del soldado Manning
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